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miércoles, 6 de marzo de 2013

El sólido enigma

     
No es que te fijes en él a las primeras de cambio, aunque tarde o temprano y si cae además en jueves, acabas por coincidir. Y le echas un vistazo.

       Porte y apariencia. Conversación, gesto, risa. De la cabeza a los pies es desde el primer instante la más pura encarnación de una frase imperdonablemente sobreutilizada. "Es un buen tío."

       Sin embargo describirle de esta manera se convierte en una redundancia para cualquiera que le conozca por períodos de tiempo superiores a los 20 segundos. Es decir, no me malinterpreten, es un buen tío, claro. Pero semejante caracterización equivaldría a describir el Pacífico como "uh... grande y mojado". Cuando se trata de él la bonhomía adquiere la calidad de superpoder, una suerte de mimetismo social, de glamour cuando el glamour era el glamhair feérico. Una capacidad innata de integrarse en un grupo y convertirse en parte esencial de éste. 15 años y aún a día de hoy me pregunto cómo demonios lo hace.

       Pero luego las cosas se estancan ahí. Tal vez sólo es mi percepción desde fuera, pero esa adaptabilidad es a la vez cara al público y cruz a cuestas. Esa solidez, esa comodidad que inspira en los otros evita que se vea lo que hay detrás de ella, dándose por sentado y supuesto aquello de lo que no se tiene zorra idea.
  A lo largo de los años he oído cómo se le describe de varias maneras, siendo con diferencia la más acertada (a su manera) y de largo la más estúpida "generador de anécdotas." De todos los motivos por los que habría que mantenerle cerca, el de talismán para potenciales aventuras es el peor de todos los posibles. Al menos, cuando se le conoce.

       En mi caso ya no recuerdo qué fue lo que nos unió en un primer momento, aunque las películas, cómics y juegos de mesa tuvieron su papel en juntar a dos personas que en principio no tenían más en común que el frikismo que acompaña a la adolescencia magra en amores y plena en... (tos) acné. Pasaron los años, él se sacó el carnet de conducir y yo no, pero fue suficiente para instaurar la sacra tradición  de ir al cine echen lo que echen. Y en el ínterin, él habla a su peculiar manera, y yo le escucho e intento descifrar a este cubo de rubik humano. Algunas de las caras resueltas muestran a un tío inteligente, enamorado de lo que acabará siendo su trabajo. No es un ávido lector general, pero sí de aquello que le gusta. Posee un gusto cinéfilo algo dudoso que compensa con un paladar musical rayano en el gafapastismo hipster. Culturalmente más inquieto de lo que la mayoría imagina, leal incluso con aquellos que no se lo ganan tan a menudo como debieran. Metepatas impenitente y muchas veces pasota in extremis, aunque yo no sea el más indicado para reprochárselo. Poseedor de un hígado chapado en titanio, aniquilador imparable de quintos, sibarita en las comidas y con una mano casi sobrenatural para el almogrote.
Y por supuesto, buena gente.
 
      Hay bastante más, mucho más de hecho, pero de seguir describiéndole tendría que incluir uno de esos carteles de spoiler alert que tapizan las descripciones de las series que consume siempre, a razón de un capítulo por noche antes de dormir.

      Dejo a pie de página una canción. No es su canción favorita. Todos sabemos que ese lugar está reservado a  cierta flaca que describiría un Pau Donés en blanco y negro.
      El porqué de esta canción  lo dejo como otro acertijo, del que me huelo, sólo él y yo conocemos la respuesta.
     
     

lunes, 4 de enero de 2010

El Dandy

                                                  

Cruza el umbral de la puerta sujetándose las solapas de su abrigo de estilo marinero. El muslamen apretado en el negro sucio de unos pantalones pitillos sujetos precariamente por un cinturón de tela escocesa. Desenfadadamente caros. Absolutamente británicos. Una bufanda de punto cruza una ajustada camiseta con la imagen solarizada de Audrey Hepburn y una frase obscena en inglés impresa en letras negras con una fuente de diseño ultramoderno. La gente se arremolina en torno al gran salón para mirar a esta encarnación del esteta moderno. Y aunque todos son sumamente más ricos que él, se saben incapaces de igualar la informal sofisticación que desprende cuando sus zapatos describen una sobria filigrana sobre la alfombra turca de 2000 euros. Pronto empiezan las presentaciones. Salteadas con ponzoñosos comentarios por parte de aquellos que aún consideran el viejo esnobismo como el colmo de la elegancia. Esperando pillarle por sorpresa.
 - ¿Conocéis a Javier?
 - Vagamente. Creo recordar que eras...
 -  Magnífico. Y pintor.
 -  Interesante oficio.
 - Oh, yo no consideraría las inversiones de treinta mil euros en cuadros un oficio. Digamos que soy un artífice de caprichos.
 -  ¿Treinta mil en cuadros?
 -  En cultura, de hecho. Pero siempre hay quien prefiere el golf. Jajajajá
 - Jajajajá
  El esnob se retira con las orejas gachas intentando disimular la anécdota sobre su nuevo putter, que aún  flota en el ambiente igual que un pedo. Su joven contrincante sonríe desde el Olimpo de la autoconfianza. Igual que Hércules su bastardía es su acicate. Su padre  es el cosmopolitismo y su madre la beca Erasmus. Su estirpe se remonta a George Brummell y a la corte de Jorge IV.
Él es un Dandy.
 Las conversaciones se van sucediendo a lo largo de la noche entre la ingesta de caviar y champagne. El dandy se revela como un bebedor profuso y un conversador todoterreno. Su verbo es rápido, anecdótico y educado. Es capaz de conectar las influencias de la música Indie actual con los orígenes del calvinismo, y además meter entre medio alguna perla sobre el Getafe F.C y la última marca personal de Asafa Powell. Indomable pero flexible en sus convicciones, es como el Bruce lee de la dialéctica. Y cuando el género femenino abunda, sabe provocar el espasmo de la carcajada en los bien rellenos escotes con una batallita sobre su última visita a Berlín. La madrugada despunta en el carísimo carrillón del salón. Y el dandy se despide de sus anfitriones. Los hombres le sacuden la mano deseando que fuese su miembro. Las mujeres le besan las enjutas mejillas, desmayadas ante la proximidad de un glamour que ha alcanzado la consistencia de campo eléctrico. Y el dandy se despide breve y sobrio, como los grandes rockeros, dejando a su público con ganas de un bis.
 Para perderse en la noche urbana, su reino y amante exclusiva.